—Yo tampoco quiero que pase —Melissa pasó saliva, viendo cómo él posaba sus ojos en la lágrima que ella derramó—. Y te he escogido, desde mucho tiempo atrás, Melissa —confesó—. Y no puedo, ahora que te tengo en mis brazos, en esta casa construida para ti, para nuestro matrimonio, permitirme ser un estúpido, un imbécil violento que daña lo mejor que ha tenido: a ti.Ella sonrió, sintiendo la dulzura que esas palabras acarreaban, pero, sobre todo, la honestidad con la que la envolvían. Y por primera vez en días, se sintió completamente vista. Por lo mismo, sin dudarlo, se elevó en puntillas y tomó su boca, dejando que sus manos fueran alas libres que lo rozaron, lo apretaron y hasta lo aprisionaron con más firmeza para profundizar un beso de esos que tanto conocía, que aprendió solo con él, donde lenguas y dientes se unían, despertando gemidos, gruñidos y necesidad… mucha necesidad.Al separarse, se sonrieron de esa manera que les hacía entender que seguían, unidos, en el mismo camino.
Leer más