—Yo tampoco quiero que pase —Melissa pasó saliva, viendo cómo él posaba sus ojos en la lágrima que ella derramó—. Y te he escogido, desde mucho tiempo atrás, Melissa —confesó—. Y no puedo, ahora que te tengo en mis brazos, en esta casa construida para ti, para nuestro matrimonio, permitirme ser un estúpido, un imbécil violento que daña lo mejor que ha tenido: a ti.
Ella sonrió, sintiendo la dulzura que esas palabras acarreaban, pero, sobre todo, la honestidad con la que la envolvían. Y por prim