Ares tragó saliva. No por miedo, sino por lo que esas palabras le provocaban. La vulnerabilidad de Melissa siempre había sido su mayor punto de inflexión, y después de lo que habían vivido, sabía bien que no habría nada que él no hiciera para defender la sensibilidad y dulzura de la mujer que amaba.
—Nada de lo que ese tipo dijo es verdad, o siquiera importa. Lo nuestro es nuestro. Lo sabes, ¿verdad?
—Sí, sí lo sé, Ares —respondió ella sin dudar—. Pero igual me hirió. Me incomodó mucho. Y por e