Franco esperó en el pasillo.No en el despacho de al lado, no en un coche aparcado en el Boulevard de Suisse, no en ningún lugar donde pudiera interpretarse que estaba pendiente del tiempo que tardaba ella en salir. Esperó en el pasillo del tercer piso del ministerio, sentado en una silla de madera oscura, con los codos sobre las rodillas y los ojos en la puerta cerrada, como alguien que ha aprendido que no intervenir también puede doler.Damián estaba a cuatro metros. No hablaban.A esa distancia, cualquiera habría visto a Franco como lo que siempre parecía ser: un hombre frío, impecable, peligroso incluso inmóvil. Damián, que llevaba años viéndolo en habitaciones peores, sabía leer otra cosa. La quietud de Franco no era calma. Era una orden sostenida contra sí mismo. Cada minuto que Adriana permanecía dentro era un minuto en el que él no podía calcular la sala, no podía responder una pregunta por ella, no podía medir la temperatura de Renard ni intervenir antes de que una frase se c
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