Eran casi las once de la noche y la sala de trabajo estaba en esa penumbra particular de Mónaco, cuando el lujo visible se apaga y solo quedan los reflejos del puerto sobre los ventanales. Adriana había terminado de revisar la respuesta legal al artículo con el abogado por videoconferencia, y Franco llevaba desde las nueve leyendo el último informe de Damián sobre la reunión de Tomás con el consejo del fideicomiso. Había pasado páginas, había subrayado dos nombres y había hecho tres anotaciones en el margen, pero Adriana sabía que no estaba leyendo solo eso.Había algo más debajo del silencio.Lo había sentido desde la mañana, desde la entrevista de Lorenzo, desde esa frase que había quedado instalada en la casa con la misma precisión incómoda de una aguja: no sé todavía si Zanetti es un hombre capaz de amar sin posesión. Esa es la pregunta que Adriana va a responder, no yo.Franco no la había discutido.Eso era lo que más pesaba. Antes habría desmontado la frase por orgullo o por def
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