Franco tenía la carpeta entre las manos cuando Adriana entró en la cocina.
No la había abierto delante de ella. Todavía. La sostenía sobre la mesa, con los dedos firmes en los bordes del cartón crema, como si el verdadero esfuerzo no estuviera en leerla, sino en no convertirla en cenizas antes de que ella pudiera hacerlo por sí misma. La luz de la mañana caía sobre el puerto con una claridad demasiado limpia para lo que había dentro de ese sobre, y por un segundo Adriana pensó que Beatrice habí