Bianca no parecía una mujer derrotada cuando abrió la puerta de Beausoleil.
Parecía cansada de sostener una guerra que ya no le pertenecía del todo.
Llevaba el cabello recogido, una camisa blanca sin adornos y el rostro limpio de cualquier intento de dramatizar el momento. El apartamento detrás de ella estaba demasiado ordenado para ser cotidiano: una mesa sin objetos personales, dos sillas alineadas con precisión, las cortinas abiertas hacia una luz que no alcanzaba a volver cálido el espacio.