Franco esperó en el pasillo.
No en el despacho de al lado, no en un coche aparcado en el Boulevard de Suisse, no en ningún lugar donde pudiera interpretarse que estaba pendiente del tiempo que tardaba ella en salir. Esperó en el pasillo del tercer piso del ministerio, sentado en una silla de madera oscura, con los codos sobre las rodillas y los ojos en la puerta cerrada, como alguien que ha aprendido que no intervenir también puede doler.
Damián estaba a cuatro metros. No hablaban.
A esa distan