El olor a papel quemado llegó antes que la prueba.
Adriana lo sintió apenas cruzó la entrada lateral del depósito de Fontvieille, una mezcla áspera de ceniza vieja, humedad y cartón que le raspó la garganta antes de que la linterna encontrara las primeras cajas. No era un olor accidental. Alguien había intentado hacer desaparecer algo allí, no por descuido ni por miedo inmediato, sino con la decisión fría de quien cree que si una historia arde lo suficiente, deja de haber existido.
Franco estab