La caja de Nerea no se abrió de madrugada.
Adriana esperó hasta las nueve de la mañana, no por estrategia, sino por respeto. Leer aquello con los ojos rotos por el cansancio y la rabia le parecía otra forma de violencia. Nerea había sido guardada, diagnosticada, separada del resto y casi quemada; por lo menos, merecía que alguien la leyera con luz suficiente y atención limpia.
Franco estaba en el despacho cuando Adriana entró con café y la caja. Levantó la vista del teléfono, apartó los papeles