El pabellón sonaba diferente.
No era silencio. Damián seguía allí con sus teléfonos, sus rutas abiertas y esa eficiencia discreta que parecía no ocupar espacio hasta que era necesaria. El café de la mañana seguía existiendo. Las pantallas mostraban los mismos mapas de la noche anterior. Los pasillos conservaban la luz fría del edificio y el olor a madera, metal y vigilia.
Pero faltaba una frecuencia.
La de Franco.
El modo en que ocupaba una sala sin moverse demasiado. La solidez con que volvía