Llegaron al hotel a las ocho.
El puerto tenía esa luz de mañana que Mónaco usaba como argumento contra cualquier conversación difícil: reflejos sobre el agua, fachadas limpias, una paloma en la repisa del segundo piso que no entendía que la calma era decorado. Damián se quedó en el vehículo. Franco abrió la puerta del edificio sin mirar hacia atrás, y Adriana lo siguió con la certeza de que esa mañana el modo en que ambos caminaban juntos ya no necesitaba explicación.
Mara los esperaba despiert