Nadie habló durante casi un minuto.
Era el tipo de silencio que no pedía llenarse. Mara lo sabía. Adriana también. Franco estaba en algún lugar interior al que ninguna de las dos podía llegar, procesando el modo en que diez años de guerra podían cambiar de dirección por dos líneas de un documento.
No era derrota.
Era recalibración.
Pero costaba de una forma que Adriana nunca le había visto costar.
Mara puso la mano sobre el portátil y giró la pantalla hacia Franco. Las páginas adicionales de la