Tres meses después Victoria estaba locamente enamorada de Liam. A su lado, sentía que no se le había negado nada: ni el corazón de él, ni su cuerpo. Una noche, Liam la llevó a su departamento para una cena romántica a la luz de las velas. -¡Amor, qué romántico! -exclamó Victoria, emocionada. -Esto no es nada comparado con lo que mereces -respondió Liam antes de besarla con pasión. Él la miró fijamente a los ojos, con una intensidad que casi quemaba. -No sé qué me pasa contigo, pero te siento aquí, en mi corazón. Cada latido lleva tu nombre -le dijo, mientras guiaba la mano de ella hacia su pecho. Victoria, con el rostro iluminado por la ilusión, se atrevió a preguntar: -¿Me amas? Él la observó y, con voz tierna pero cargada de una sombra de tristeza, respondió: -Sí, te amo... aunque tengo miedo. -¿Miedo de qué? -inquirió ella. -Miedo de no ser el hombre que tú te mereces. -¡No digas eso! Tú eres el amor de mi vida, te amo tanto, Liam -susurró Victoria antes de sellar
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