Capítulo 2Seraphina marcó el número de Sebastian repetidamente, y cada tono agotaba su paciencia más de lo que creía posible. Aquellos pitidos monótonos y mecánicos parecían el eco de una sentencia silenciosa, un recordatorio de lo poco que le importaba. En el tercer intento, finalmente contestó, como siempre hacía.—¿Qué pasa?Su voz era cortante, impaciente y fría, atravesándola como hielo. Cada palabra reafirmaba la verdad de su lugar en su vida. Cualquier esperanza que aún albergara se desvaneció en un instante.—No te quedes despierto hasta muy tarde. Afectará a tu salud —dijo Seraphina en voz baja, despojada del calor y la alegría que antes la caracterizaban. Colgó de inmediato, sin dejarle nada más.El silencio que siguió la oprimió. Observó su reflejo en el retrovisor, viendo a una mujer agotada, rota y vacía. Sus ojos ya no contenían la luz que alguna vez brilló con vida y esperanza. Había tanto que quería decir, tantas preguntas que deseaba hacer, tanta ira y dolor que nece
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