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La noche debía traer paz; el silencio del hogar, ser un refugio. Pero para Seraphina, se sentía amenazante. El silencio parecía devorarla, arañándole el pecho, dejándola vulnerable y expuesta en su propia soledad.
Hoy era su tercer aniversario de bodas.
Había preparado todo con esmero, desde las velas hasta el pastel, pidiéndole a su esposo solo una cosa: que estuviera allí con ella. Solo una noche; deseaba que él estuviera verdaderamente presente como el hombre al que había prometido amar por el resto de su vida.
Sus ojos ardían mientras miraba la hora. Las once. Pasaría una hora más y el día terminaría, desvaneciéndose en la monótona rutina a la que ya se había acostumbrado.
Con un suspiro tembloroso, tomó su teléfono y marcó su número. La llamada se cortó tras el primer tono. Lo intentó tres veces más antes de que finalmente contestara.
—¿Hola? —la voz de Sebastian era fría y distante, cargada con el peso familiar de la indiferencia.
—¿Cuánto tardarás, Seb? Solo queda una hora para nuestro aniversario. Prometiste que estarías en casa esta noche —preguntó Seraphina, con un hilo de esperanza en la voz.
—Perdí la noción del tiempo —respondió—. No creo que pueda llegar. Aún hay trabajo que terminar en la oficina.
Desde el fondo, una voz femenina suave intervino:
—¿Quién es, señor Lloyd?
La llamada se cortó. Seraphina cerró los ojos, tragándose la decepción, parpadeando con fuerza para contener las lágrimas.
Su mirada recorrió el pastel, los regalos, los platos cuidadosamente preparados, y su corazón se encogió con un dolor sordo. Pero más que nada, le dolía el documento que había colocado en el centro de la mesa, símbolo de su devoción y promesa de un nuevo capítulo como madre y esposa.
Sin dudarlo, guardó toda la comida en recipientes, decidiendo que sería mejor aprovecharla con quienes realmente la valorarían. Condujo hasta el barrio marginal que solía visitar, donde los niños la esperaban con ojos ilusionados incluso a esa hora tardía.
—Señorita Seraphina, ¿trayendo comida otra vez? —preguntó una mujer, con una sonrisa brillante a pesar de la tenue luz de la calle.
—¿Alguien celebra su cumpleaños hoy? —preguntó Seraphina, ocultando su dolor tras una expresión serena.
—¡Es el mío! —exclamó una niña pequeña, avanzando con entusiasmo antes de detenerse con timidez, avergonzada de sus manos sucias. Dudó en tocar a Seraphina, consciente de su ropa elegante.
El pecho de Seraphina se oprimió.
—¿De verdad, cariño? Tengo un pastel para ti. Llama a tus amigos y lo celebraremos todos juntos.
La risa de la niña resonó, pura e inocente, mientras reunía a sus amigos. Seraphina repartió comida y pastel en platos desechables, ofreciendo bendiciones que no sentía del todo.
—Que Dios te conceda felicidad. Cualquier hombre que se case contigo será el más afortunado del mundo.
Las palabras de la mujer la atravesaron, afiladas e implacables, pero Seraphina sonrió de todos modos. Sirvió una porción extra para la niña, cuya gratitud fue un breve alivio para su corazón herido.
Esto se había convertido en un ritual para Seraphina. Todos sus días “especiales” —cumpleaños, aniversarios, logros personales— encontraban vida en estas humildes celebraciones. Sus sonrisas solían reconfortarla. Pero esa noche, nada lograba alcanzarla.
—Es tarde. Debería irme —murmuró, regresando a su coche.
En un semáforo, su mirada se posó en una valla publicitaria de noticias, y su cuerpo se paralizó.
Los titulares mostraban imágenes de Sebastian llevando a otra mujer en brazos al hospital. Los reporteros elogiaban su devoción, pintando un cuadro de amor perfecto, de un hombre que arriesgaba su reputación por la mujer que amaba.
Si no los conociera personalmente, quizá lo habría creído. Pero ella sabía. Sabía quién era esa mujer: Vivienne Laurent, su secretaria, competente y serena, la mujer a la que él había amado de verdad.
Los dedos de Seraphina se detuvieron sobre la pantalla, trazando el rostro de Sebastian mientras miraba a Vivienne con preocupación; la incredulidad y la furia crecían en su interior por igual. Las lágrimas corrían libremente ahora, alimentadas por años de abandono.
Recordó una noche similar, no hacía mucho, cuando una intoxicación alimentaria la había dejado postrada en cama. Lo había llamado en busca de ayuda, pero él había enviado a una secretaria en su lugar, desestimando su dolor.
—No me molestes con asuntos triviales —le había dicho.
Si no hubiera llegado al hospital a tiempo, podría haber muerto. Y, sin embargo, allí estaba él, corriendo hacia Vivienne, reservando cada muestra de cuidado y preocupación para otra persona.
Tres años de sufrimiento silencioso, de sacrificios ignorados y amor negado, se derrumbaron sobre ella. Había guardado silencio, eligiendo ignorar su favoritismo, pero nunca lo había olvidado.
Y ahora la verdad era innegable. Vivienne no era una estudiante con dificultades, como ella había creído en su momento. Era una vieja amiga de Sebastian, supuesta ex amante, la mujer con la que él realmente había querido casarse. Con credenciales impecables y ahora preparándose para dirigir una rama de su imperio, Vivienne siempre había sido exactamente lo que Seraphina no era a sus ojos: competente, deseable, irremplazable.
Seraphina había intentado apoyarlo, unirse a su empresa y contribuir, pero él había desestimado su talento.
—Relájate —le había dicho—. Disfruta tu tiempo en casa. No te preocupes por el trabajo.
¿Lo había dicho en serio? ¿O había querido mantenerla alejada, impedir que viera aquello que siempre había temido: el lugar que le correspondía a Vivienne en su corazón?
Aferrando su teléfono, Seraphina sintió una mezcla de impotencia, desamor y algo más: una determinación que ya no estaba dispuesta a ignorar.







