Ginevra Giovanni Me quedé de piedra frente a él; las palabras no salían de mis labios al verlo arrodillado. Arrodillado, para mí. El mundo exterior pareció desvanecerse, dejando solo el sonido rítmico de las llamas de las velas consumiéndose y el aroma embriagador de las rosas que ahora se sentía como un lazo físico. Ver a un hombre como Mikhail Romanov, un hombre que no se doblegaba ante nadie, en esa posición de vulnerabilidad calculada, me provocó un vértigo que amenazaba con hacerme caer.— Ginevra Giovanni, ¿aceptarías casarte conmigo? —temblé, pero solo por el terror que recorría mis nervios, un terror, no de miedo, sino de algo más. La idea de que estuviera sintiendo algo por él. Era un miedo visceral a perder la última frontera de mi libertad: mi voluntad. Sentía el calor de las velas en mis piernas, pero el verdadero incendio estaba en mi pecho, donde la imagen de Mikhail con el anillo entre los dedos se quemaba en mi memoria como un hierro al rojo vivo.Mi corazón latía a u
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