Al llegar a la casa, la atmósfera estaba cargada de algo más pesado, más mortífero. Sentía que si daba cualquier paso en falso caería en picada. El aire en el vestíbulo olía a una mezcla de cera de abejas y el aroma gélido de la noche que se filtraba por las rendijas, una frialdad que contrastaba con el fuego que Mikhail había encendido en mi sangre durante la cena. Cada sombra proyectada por las estatuas de mármol parecía un guardia silencioso de mi nuevo destino.
Mikhail me había colmado de a