El silencio se instaló de nuevo entre los dos, pero esta vez no era el silencio pesado del dolor o del miedo. Era algo frágil e incierto, un espacio tranquilo donde las palabras ya no eran necesarias.Livia lo miró de verdad, y en él vio algo más que al despiadado Rey Licántropo al que todos temían. Vio al hombre que había permanecido a su lado toda la noche, al que había interrumpido el juicio en contra de la voluntad de su consejo solo para mantenerla con vida, al que, por una vez, había mostrado su corazón ante ella sin reservas.Y aunque no sabía qué hacer con la verdad que acababa de confesarle, no la rechazó. No podía hacerlo, porque sabía que, si lo hacía, él solo se acercaría más a ella, hasta que ya no le quedara ninguna vía de escape. Él ya la había reclamado como suya.—Descansa ahora —murmuró él, apartándole con suavidad un mechón de cabello de la frente—. La lucha aún no ha terminado. Pero te lo prometo, Livia: esta vez no tendrás que librarla sola.Aquella promesa solo c
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