La suave y cálida luz del sol se filtraba a través de las cortinas ligeras de la clínica, proyectando pálidos destellos dorados sobre las sábanas. En el aire flotaba el leve aroma de hierbas y ungüentos curativos, que se mezclaba con esa frialdad característica de los lugares donde la vida y la muerte habían librado su batalla.
Las pestañas de Livia se agitaron.
Un dolor sordo latía en sus sienes, y su cuerpo parecía estar hecho de plomo: pesado, agotado y sin fuerzas. Durante unos instantes pe