Aldus respiró hondo, intentando calmarse. Apretó la mandíbula, pero cuando se movió, lo hizo con una contención sorprendente. Extendió la mano y la envolvió con la suya, grande y cálida. Sin decir palabra, intentó guiarla hacia la salida.Pero en el instante en que sus pieles se tocaron, Livia se apartó de golpe. No sintió calor, sino fuego, una quemadura que le caló hasta los huesos. Retiró la mano bruscamente, como si el contacto la hubiera abrasado.Aldus se quedó inmóvil. Lentamente, volvió la cabeza hacia ella, entrecerrando sus ojos dorados, con una mirada oscura e implacable.Su lobo gruñía en su pecho: «Nos rechaza. Otra vez».A ella se le cortó la respiración. No pudo sostenerle la mirada y bajó los ojos al instante, con el corazón martilleándole en el pecho.—Puedo caminar sola, Su Majestad —susurró, con voz temblorosa pero firme.Y dicho esto, se giró sobre sus talones y se dirigió hacia la puerta con paso rápido, movida no por el desafío, sino por el miedo.Detrás de ella,
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