Oscuridad.
Eso era todo lo que Livia conocía.
Flotaba sin peso en su interior, avanzando a la deriva por un espacio donde el tiempo carecía de sentido y el dolor de su cuerpo se sentía lejano, como si perteneciera a otra persona.
Allí no había juicio, ni miradas inquisidoras, ni mentiras lanzadas contra ella como puñales. Solo existía el silencio.
Y, sin embargo, en medio de ese silencio, los recuerdos comenzaron a agitarse.
Llegaron como susurros: al principio débiles, luego más nítidos. Eran