EmmaLas primeras mujeres regresaron cuando yo todavía seguía en la esquina, con las rodillas contra el pecho y los brazos apretados alrededor de mi cuerpo.Venían hablando entre ellas.La que iba delante giró la cabeza hacia las demás, luego volvió a mirarme desde los pies descalzos hasta la cabeza rapada.—¿Y esta? —preguntó una, señalándome con la barbilla.Levanté la mirada apenas. Todas llevaban el mismo uniforme que yo, pantalón oscuro, camiseta de mangas a medias, pies descalzos o con sandalias gastadas. Todas tenían el cabello corto. Muy corto. Algunas con mechones torcidos, otras con cortes mal hechos, pero ninguna estaba rapada al ras como yo.—¿Cómo te llamas? —preguntó la primera.La mujer tenía la piel morena, brazos fuertes y un corte bajo que dejaba ver una cicatriz detrás de la oreja. Me miraba sin sonreír, pero tampoco se acercó.—Te hizo una pregunta —dijo otra, más joven, con los ojos grandes y una marca en el labio superior—. Aquí no conviene hacerse la muda.—Emma
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