CAPÍTULO CUARENTA Y DOSLa luna colgaba como un centinela sobre las tierras de la manada Colmillo Sombrío, bañando los acantilados en un resplandor plateado. El bosque de abajo susurraba con el leve roce del viento entre las hojas, el mundo envuelto en una manta de serenidad de medianoche.Ella estaba sola al borde del acantilado, su cabello blanco ondeando con la brisa, la mirada perdida en el horizonte. El aire era fresco, perfumado con pino y tierra, anclándola a un lugar que por fin sentía como hogar. Y, sin embargo, su corazón latía agitado —vivo con emociones demasiado vastas para nombrarlas.Detrás de ella, una calidez familiar se acercó, callada pero inconfundible. No necesitaba girarse para saber quién era. Damian.Se detuvo justo detrás, su presencia firme y poderosa.—¿No podías dormir? —preguntó, la voz baja, ronca por el filo de la noche.Ella sonrió levemente, cruzando los brazos sobre el pecho.—Demasiados pensamientos —susurró—. Todo ha cambiado… y de alguna forma, sig
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