CAPÍTULO TREINTA Y SEIS
La luna colgaba en el cielo como un centinela silencioso, derramando una luz plateada sobre el bosque y tiñendo los árboles y el río con un resplandor de otro mundo. La noche estaba quieta, el aire fresco y cortante, como si el mundo entero contuviera la respiración. Pero dentro del pecho de Ella rugía una tormenta —indomable e implacable.
Se encontraba al borde de la ribera del río, su reflejo ondulando en el agua iluminada por la luna. Su cuerpo dolía por el entrenamie