CAPÍTULO CUARENTA Y DOS
La luna colgaba como un centinela sobre las tierras de la manada Colmillo Sombrío, bañando los acantilados en un resplandor plateado. El bosque de abajo susurraba con el leve roce del viento entre las hojas, el mundo envuelto en una manta de serenidad de medianoche.
Ella estaba sola al borde del acantilado, su cabello blanco ondeando con la brisa, la mirada perdida en el horizonte. El aire era fresco, perfumado con pino y tierra, anclándola a un lugar que por fin sentía