CAPÍTULO CUARENTA Y TRES
La noche estaba cargada de presagios, envuelta en nubes densas y rodantes que ahogaban las estrellas. Un viento frío aullaba a través de las tierras desoladas que rodeaban la fortaleza de la Manada Luna de Sangre, susurrando augurios de ruina. Las sombras se arrastraban por las piedras irregulares, y el aire vibraba con el zumbido venenoso de la magia oscura.
Zara entró tambaleándose por las puertas de hierro, su figura desaliñada y temblorosa. Su cuerpo llevaba las mar