El silencio que quedó después de la confesión de Sebastian era insoportable, la lluvia seguía golpeando los ventanales de la mansión. Cada gota parecía marcar el paso de los segundos. Renata permanecía inmóvil. Sus ojos azules estaban llenos de lágrimas. Pero ya no lloraba, laquello que ella sentia era peor, si, mucho peor. Porque cuando las lágrimas desaparecen, a veces lo único que queda es el dolor y el suyo era inmenso Sebastian continuaba frente a ella, sin acercarse, sin intentar tocarla, porque sabía que había perdido ese derecho en aquel momento, orque podía ver el daño reflejado en aquellos ojos que tantas veces había contemplado y por primera vez en muchos años, Sebastian Vegetti no sabía qué hacer, no sabía qué decir, no sabía cómo reparar algo que él mismo había roto. —Renata... La voz masculina sonó baja, cansada, ella cerró los ojos durante un instante, luego tomó aire, profundamente y cuando volvió a abrirlos, algo había cambiado Sebastian lo percibió inmediatamente
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