El amanecer se filtró lentamente por los ventanales de la Mansión Vegetti, tiñendo de dorado cada rincón, pero aquella luz no traía calma, no en ese lugar, no después de lo ocurrido la noche anterior, el ambiente seguía cargado, denso, como si las paredes mismas guardaran el eco de una violencia que aún no terminaba de disiparse. Renata abrió los ojos con lentitud. El leve ardor en su frente le recordó de inmediato la caída, el golpe, la sangre, pero también… la decisión que había tomado, no había marcha atrás, no esta vez, no con Claudia. Se incorporó despacio, ignorando el ligero mareo, y caminó hacia el espejo, sus ojos azules se encontraron con su reflejo, la venda en su frente era una marca visible, pero no era lo que más destacaba, no, lo que realmente resaltaba era la determinación en su mirada, una firmeza distinta, más fría, más calculada. —Se acabó… —susurró para sí misma. No iba a esconderse. No iba a tolerarlo más. Tampoco no iba a retroceder, se cambió con cuidado, e
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