La sala quedó en un silencio solemne cuando el abogado aclaró la voz y comenzó con la lectura formal del testamento, cada palabra era pronunciada con precisión, con ese tono neutro que intentaba mantener la imparcialidad, aunque el ambiente estaba lejos de ser neutral, Renata permanecía sentada, con la espalda recta, las manos entrelazadas sobre su regazo, su mirada fija al frente, como si ya conociera cada línea que estaba a punto de ser leída. Sebastian, a su lado, no compartía esa calma. Sus ojos verdes se movían entre el abogado y el documento, su ceño ligeramente fruncido, atento a cada detalle, a cada cláusula, a cada pausa, algo en su expresión dejaba claro que no le agradaba lo que estaba escuchando, pero no interrumpió, no dijo nada, solo observó, analizó y de vez en cuando, dirigía la mirada hacia Renata. Pero ella no reaccionaba, no había sorpresa, tampoco molestia. Nada. Aquello fue lo que más le llamó la atención. Porque si algo estaba quedando claro con cada palabra d
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