La llovizna comenzó a caer justo cuando el eco del metal retorcido terminó de apagarse en el distribuidor. El cielo encapotado de Estambul finalmente cedió, soltando gotas gruesas e implacables que golpeaban el asfalto caliente y se mezclaban con el refrigerante que brotaba del camión de carga. Arriba, el conductor del camión bajó de la cabina con las manos en la cabeza, pálido, contemplando el desastre, mientras el tráfico detrás comenzaba a sonar las bocinas en un coro ensordecedor de pánico.