Sostuve su mirada y emití aquel sonido, aquel específico, aquel que salió de mí en la habitación rosa cuando él había tenido paciencia suficiente y había dejado de tenerla. Su agarre se intensificó y algo cambió por completo en su rostro. Dijo: «Habitación rosa. Diez minutos». Se levantó y se apartó del sofá.Me quedé sentada con la película italiana aún puesta, la lluvia golpeando las ventanas y mi pulso acelerado. Entonces me levanté y fui a buscar la tanga.--La habitación rosa era cálida y acogedora, la lluvia golpeaba con fuerza contra las ventanas y yo estaba de pie en el centro, solo con la tanga, cuando él entró. Me miró como siempre me miraba en esa habitación, como si confirmara algo que ya había calculado. Se sentó en la silla con su whisky y dijo: «Baila».«Marion», dije.«Baila, Elena», dijo.Así que bailé, y él me miró, y afuera empezó a llover, y en algún momento dejó el whisky, se acercó a mí, me esposó las muñecas por encima de la cabeza a la barra, se paró frente a
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