Marina había perdido la noción del tiempo, desconocía qué hora era, solo sabía que en ese momento podía tocar el cielo con ambas manos, al tiempo que observaba cómo el hombre que tenía debajo de ella llegaba a un clímax glorioso y maravilloso. Acto seguido, ella dejó caer su cuerpo cansado y húmedo sobre el pecho agitado y fuerte de Efraín.
—Me gustan tus tatuajes… —dijo ella tocando uno con la punta de los dedos.
—¡A mí me gustas tú! —respondió Efraín al mismo tiempo que abrazaba con fuerza e