El pequeño departamento estaba sumido en una falsa y frágil tranquilidad. Alisson, envuelta en un suéter holgado, se había recostado en el sofá con una taza de té, intentando apaciguar el dolor de cabeza que la atormentaba desde su última confrontación en la oficina. Cerró los ojos, buscando un momento de paz, cuando la vibración estridente de su teléfono sobre la mesa de centro la hizo sobresaltarse.Miró la pantalla. Número desconocido. Dudó un segundo, pero su instinto profesional la obligó a contestar, pensando que podría ser una emergencia de la agencia.—¿Hola? —respondió, con voz cansada.Al otro lado de la línea, se escuchó el sonido de un encendedor y una exhalación de humo, seguida de una risa rasposa, cínica y repugnantemente familiar.—Vaya, veo que sigues contestando a los números que no conoces. Deberías tener más cuidado, hija.La sangre de Alisson se congeló en sus venas. El aire pareció abandonar sus pulmones de golpe. Era Brenda.—¿Qué quieres? —siseó Alisson, endere
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