30. Danza salvaje
Auritz besó su frente, luego su nariz, con una lentitud deliberada que a ella le resultaba tortuosa. La acarició deshaciendo lentamente los botones de su blusa, con una delicadeza que le exasperaba; y es que ella quería sentirlo, sin rodeos, sin preámbulos. La necesidad, como una marea creciente, amenazaba con ahogarla.Valeria, incapaz de contenerse más, se lanzó hacia él. Sus manos, desesperadas, encontraron su espalda, aferrándose a la tela de su camisa. Sus labios, hambrientos, buscaron los suyos con una urgencia que lo tomó por sorpresa. El beso, al principio torpe, se transformó rápidamente en una danza salvaje, una lucha por la posesión.―Valeria... ―murmuró sorprendido, intentando recuperar el control; pero la pasión de ella era un torbellino, una fuerza que lo arrastraba sin remedio.Ella lo empujó hacia la cama, donde se desplomaron juntos. Sin esperar, desabrochó su cinturón, desnudando su cuerpo con un apuro febril. Sus dedos, ávidos, rasgaron la tela de su camisa, revelan
Leer más