28. Dejarse llevar
Valeria, con su cabellera rubia y sus ojos verdes, era una presencia habitual en el bar. Siempre sonriente, siempre coqueta, siempre dispuesta a charlar.
Auritz la conocía desde hacía años, y sabía que ella sentía algo por él. Algo que él nunca había correspondido.
—Valeria —la saludó con una sonrisa forzada.
―¿Qué haces por aquí, solo y pensativo? —ella le sonrió, dejando ver sus dientes perfectos.
—Intentando aliviar un poco de resaca, supongo —respondió evadiendo la pregunta.
Valeria se rió,