24. Pánico silencioso
—Ah… sí, claro. Perfecto —su voz sonó menos tensa, como si todo se ajustara de nuevo a sus planes. —Entonces te recojo.
—Bueno, está bien. Nos vemos entonces ―y ella colgó de inmediato.
El silencio volvió a la sala, esta vez más pesado. Ana dejó caer el teléfono sobre el cojín, sintiendo que el nudo en el estómago se apretaba más.
—Esta noche termino con él, ¿verdad? —dijo más para sí misma que para Malena.
Malena asintió, con una mirada de apoyo. —Definitivamente ―y se acercó para abrazarla.
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