Jonathan no desayunó.
Elizabeth lo notó pero no dijo nada. Solo puso el café sobre el escritorio y retiró el plato cuando quedó claro que no iba a tocarlo, con esa eficiencia silenciosa suya que Jonathan a veces confundía con indiferencia y que hacía tiempo ya sabía que era todo lo contrario
Elizabeth terminó su café a las ocho cuarenta y siete.
No porque tuviera hambre sino porque sabía que si no comía ahora no comería hasta la tarde, y la tarde iba a exigirle un nivel de atención que no podía