La puerta se cerró con un estrépito sordo, dejando fuera la mirada furiosa de Dominic y la insistencia de Micaela. Michelle se giró hacia mí, y la luz de la lámpara de noche subrayó las líneas duras de su rostro, transformado por una excitación que no tenía nada de afecto.
—Parece que mi hermanito está muy preocupado por tu salud, Cloe —dijo, acercándose a la cama con una lentitud depredadora—. Pero él no entiende que tú eres mía, incluso cuando estás rota.
Se sentó en el borde del colchón y, c