El aire en la habitación de Dominic se volvió denso, casi sólido, cargado con la electricidad de lo que acababa de confesar. Su honestidad brutal, esa negativa a prometerme una fidelidad que su sangre no conocía, fue el detonante. No hubo más palabras, solo el sonido de nuestras respiraciones chocando en el espacio que nos separaba.
Dominic me tomó de la cintura y me subió al escritorio de caoba, apartando papeles y carpetas con un movimiento brusco. No hubo la frialdad técnica de Michelle, ni