La puerta de la habitación se cerró con un peso definitivo. Michelle no perdió el tiempo. No hubo palabras dulces, ni preguntas sobre mi dolor de estómago; solo una necesidad oscura de reafirmar que yo le pertenecía ante la aparición de Fernando y la insolencia de Dominic.
—Michelle, por favor... me duele el vientre, la úlcera... —susurré, tratando de alejarme mientras sus labios buscaban mi cuello con una urgencia violenta.
—Cállate, Cloe. Ya has llamado suficiente la atención hoy —gruñó él, i