El sonido del motor del Mercedes de Michelle alejándose por el camino de grava fue el pistoletazo de salida. Me quedé de pie en el vestíbulo, sintiendo todavía el escozor en mi piel y la humillación de la noche anterior pesando en mis hombros como una losa de plomo. Intenté subir las escaleras, pero una mano firme se cerró sobre mi muñeca.
—Ven conmigo —la voz de Dominic era un látigo de autoridad contenida.
No me dio tiempo a protestar. Me arrastró hacia su habitación, al final del pasillo, y