Dos días y todavía siento que mis manos no están suficientemente limpias. No por el hecho de haber matado, eso lo asumí en el momento en que tomé la navaja, sino por el simple motivo de que sea la sangre de esa mujer. Me he lavado las manos tantas veces que la piel de mis dedos empieza a resentirse, áspera y enrojecida, pero el olor metálico sigue ahí, escondido en algún rincón de mi memoria, como si se hubiera impregnado en mi piel. Cada vez que cierro los ojos el recuerdo vuelve sin pedir permiso: la hoja entrando en su pecho, el calor de la sangre manchando mis manos y el sonido húmedo que hizo su cuerpo cuando saqué la mano de su abdomen. Aprieto los ojos con fuerza intentando apartar la imagen, obligándome a respirar hondo porque no quiero pensar en eso ahora.Me recuesto con náuseas sobre la cama, esperando que el malestar pase si me quedo quieta unos minutos, hasta que Aurora golpea suavemente la puerta para avisarme que tengo una visita. Mi padre y Peter han viajado a Chicago
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