Iván continúa, su voz baja pero firme, como un hilo de acero que corta el aire.—Declan, cuando vi a tu hija me volví loco. Pasó por mi cabeza traerla a la fuerza y tenerla para mí como fuera. Podía hacerlo si quería; ella pasaba mucho tiempo sola cuando tú no estabas, cuando ese infeliz con quien se casó viajaba. Pude hacerlo mil veces, pero no era solo deseo. Quería que fuera mi esposa, no verla triste y odiándome. Además, tuve en cuenta a su bebé. Yo jamás le haría eso a tu hija.Se inclina apenas, Cuando Ivan habla de Aiden, algo brilla en sus ojos, como si ellos dijeran “lo cuido, pero también lo protejo”.—Días después hice que me arrollaran frente a su casa —continúa, y en su voz hay un escalofrío, un matiz de vulnerabilidad que nadie espera—. Ella, por fin, estaba afuera. Corrió hasta donde yo estaba, amenazó a todos sus hombres cuando le dijeron que me dejara tirado bajo la lluvia y me llevó al hospital. Eso fue suficiente para mí, Declan. Me enamoré de tu hija, y en secreto,
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