Alex le grita a su madre, acorta la distancia entre ellos en dos pasos torpes y la toma de los brazos para zamarrearla con fuerza, sus dedos hundiéndose en la tela y en la piel como si quisiera sacudirle una respuesta que no existe. La insulta, la agrede, escupe palabras cargadas de veneno sin medirlas, sin reconocer siquiera a quién tiene enfrente. A su propia madre, quien ha sido paciente, cariñosa, inquebrantable, todo lo que su padre nunca fue.Ver a su hijo así le rompe el corazón. No es solo el acto, es la mirada vacía, perdida, esa desconexión brutal que le confirma que ya no está del todo ahí. Lo ve naufragar en un mar de autodestrucción y locura, ve cómo algo oscuro se ha instalado en él y lo consume desde dentro.No pregunta por su hijo, no lo nombra, no existe en su mundo. Lo único que repite, una y otra vez, es el nombre de su esposa, las mil formas en las que puede traerla de vuelta a Londres, recuperarla, retenerla. Porque para él ya no importa si ella lo ama o no, le ba
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