La ciudad se sentía distinta desde la ventana de la habitación del hospital, menos como una jungla de cristal y más como un tablero de ajedrez donde todas las piezas habían sido derribadas. León estaba sentado en la cama, todavía con las marcas de las correas en las muñecas, pero con una mirada de paz que no le había visto nunca. El abuelo Claudio estaba tras las rejas, mi padre esperaba juicio en una celda común y Keyla... bueno, Keyla se había fugado al extranjero con lo poco que quedaba en sus cuentas, demostrando que la lealtad de los Montenegro siempre tuvo un precio muy bajo. —Érica, ya está. Somos libres —me dijo León, tomándome la mano. Sus dedos estaban cálidos ahora, ya no eran ese hielo que me recibió el primer día de nuestra boda falsa. —Casi libres, León —le respondí, sacando de mi bolso una pequeña llave de hierro, oxidada y vieja, que Don Pancho me había entregado antes de que la ambulancia se lo llevara para revisarlo—. El viejo Pancho me dijo que mi madre se la dio
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