El jueves de la primera semana, Adriano llamó a Tomás.No porque Renata le pidiera que lo hiciera. Sino porque a las seis de la tarde, cuando Elena dormía y Renata dormía también en la silla mecedora con la cabeza apoyada en el espaldar y el cansancio de cuatro días encima, Adriano fue al espacio central del apartamento, miró el teléfono, y marcó el número de Cartagena.Tomás contestó al segundo timbre. Como siempre.—Señor Salcedo.—Tomás. —Una pausa—. ¿Cómo está?—Bien. Hoy fue un día bueno. —La voz tenía el ritmo de siempre, el temblor ligero que era parte del paisaje—. ¿Cómo están ellas?—Renata está dormida en la silla mecedora. —Una pausa—. Elena está en la cuna. Las dos están bien.—¿Y usted?Adriano miró el cuaderno de campo que Renata había dejado sobre la mesa antes de dormirse. La última entrada era de esa mañana: el horario de las tomas de Elena, los minutos de cada una, la temperatura del apartamento que Renata había empezado a registrar porque la doctora Leighton había d
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