La semana treinta y cinco llegó con lluvia.
No la lluvia de junio o julio, que todavía tenía espacios entre las nubes. La lluvia de octubre que ya era comprometida: llegaba por la mañana y se quedaba todo el día con esa convicción de quien sabe que tiene razón y no necesita justificarse ante nadie.
Renata lo notó desde la ventana norte del apartamento a las siete de la mañana.
—Octubre —dijo.
—Octubre —confirmó Adriano desde la cocina con el café ya listo.
Era el primer día de octubre.
Elena es