Capítulo 75. El ejército de Amara
Al día siguiente, la luz del sol se colaba por las persianas de la habitación del hospital, dándole al ambiente una calidez que contrastaba con la frialdad de los monitores. Amara estaba sentada en la cama, con la espalda apoyada en varias almohadas. Aunque su cuerpo aún protestaba por la cirugía, sus ojos tenían un brillo distinto: el brillo de quien ya conoce el rostro de su razón de vivir.La puerta se abrió de golpe, y antes de ver a nadie, Amara escuchó el inconfundible taconeo de Elena.—¡Mi niña! ¡Mi guerrera! —exclamó Elena, entrando con los brazos abiertos y el rostro iluminado—. ¡Acabamos de verla por el ventanal! ¡Es una muñeca, Amara! ¡Tiene tus cejas, por Dios, es una copia tuya!Detrás de ella entraron Catherin, que cargaba un par de bolsas con ropa cómoda para Amara, y Marco, que parecía sostener el jardín entero en sus manos. El ramo de tulipanes blancos y lirios era tan grande que apenas se le veía la cara.Marco se acercó a la cama y le entregó las flores a Amara con
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