Capítulo 81. La fortaleza del amor
El pasillo del edificio de Amara parecía haber recuperado un color que ella no recordaba. El gris londinense, ese eterno compañero de sus mañanas solitarias, se había disipado bajo el peso de la presencia de Aslan. Ella todavía sentía el eco del beso vibrando en sus labios, una pulsación eléctrica que se extendía hasta la punta de sus dedos. Aslan no la soltaba; sus manos, grandes y seguras, permanecían ancladas en su cintura, como si temiera que, al liberarla, ella se desvaneciera como un espejismo nacido de su cansancio.—Ares tiene razón —logró decir Amara, con la voz todavía teñida por el deseo y la falta de aire—. Keziah nos espera.Aslan exhaló un suspiro largo, cerrando los ojos un instante mientras apoyaba su barbilla sobre la coronilla de ella. El aroma del champú de Amara, una mezcla de vainilla y algo puramente suyo, lo anclaba a la realidad.—Lo sé —admitió él, su voz vibrando profundamente contra el pecho de ella—. Pero después de tantos días de ver solo sombras y paredes
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